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martes, 15 de agosto de 2017

El fin de los fantasmas

Había tal cantidad de fantasmas, que se hizo muy normal convivir con ellos, pues al ser mayoría, andaban de lo más libres.

A cada vivo le tocaban siete fantasmas en promedio, según el último censo. Por eso, ya nadie se sentía jamás solo, nunca lo estaba. Qué maravilla.

No existía el miedo a las penumbras o a las sombras, pues no faltaba fantasma que amparara, condujera o diera una razonable explicación. Sin esa sensación "fría" que describen los que desconocen. Gran mito, porque los fantasmas bien tratados y acogidos, son mucho más amables y cálidos que las personas vivas.

No había preocupación por "¿dónde dejé las llaves? ¿Quién metió al gato al refrigerador? ¿Por qué los vasos vuelan? ¿Con quién juega el niño en su cuna?".

Al ser tomados en cuenta, permitirles hacer valer sus derechos y llevar su existencia fantasmal digna, eran muy agradables. Se encargaban de la tramitología de un sinfín de tareas que los vivos no podían o no deseaban hacer. Se recurría a ellos para lo más simple, para pedirles consejo o hasta para corregir destinos.

Lamentablemente, el ser humano los fue acabando. Hoy quien cuenta con algún fantasma, puede considerarse especial, muy privilegiado. Ahora imparten costosos cursos para aprender a encontrarlos. Cosa antes tan fácil.

Cuánto extrañé por años a aquel fantasma que descomponía o desaparecía los juguetes del niño tan egoísta y pedante de enfrente de mi casa, al que le compraban todo lo que pedía...

Me abandonó justo después de depositar en mis manos,  las piezas del rompecabezas de ese niño, por lo que me castigaron, negándome el permiso de salir a la calle a jugar.


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